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Complementariedad Epistemológica de Ciencia y Religión PDF Imprimir E-mail
Cuadernos Temáticos - Ciencia y Religión
  
Lunes, 25 de Febrero de 2008 18:12
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Complementariedad Epistemológica de Ciencia y Religión
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Análisis del enfoque temprano del Dr. William S. Hatcher

El material para el presente ensayo fue tomado de tres artículos del profesor William S. Hatcher, Ph.D., matemático y filósofo norteamericano de renombre, publicados en la revista Bahá'í Studies, Vol. 2, Sept. 1977, de la Asociación de Estudios Bahá'ís de Canadá: “Science and Religion” (SAR), reimpreso de la revista World Order, 3, No. 3 (Primavera de 1969), pp. 7-9; “The Unity of Science and Religion” (USR), reimpreso de World Order, 9, No. 3 (Primavera de 1975), pp. 22-29, 32-38; y “Science and the Bahá'í Faith” (SBF). Enfatizo que se trata de su pensamiento “temprano” sobre el tema, pues no se incluyen obras subsiguientes sobre el tema, como son "Logic and Logos – Essays on Science, Religion and Philosophy" (Oxford: George Ronald Publisher, 1990) y "Minimalism – A Bridge between Classic Philosophy and the Bahá'í Revelation" (Hong Kong: Juxta Publications, 2001). Se requeriría de otro trabajo más amplio y profundo que el actual para hacer justicia a estas importantes fuentes.

El aporte del presente ensayo, aparte traducir del inglés al castellano el pensamiento temprano de Hatcher sobre el tema, es el de dar un orden lógico a numerosas ideas diseminadas entre distintos artículos, resumirlos de tal manera que facilite su accesibilidad al lector, omitir ciertas divagaciones que, pese a ser interesantes en sí, se salen del tema estrictamente bajo análisis y, finalmente, realizar una breve crítica del tratamiento actual del tema en las conclusiones. Donde no ha parecido aconsejable resumir un pensamiento, lo he citado verbatim en el texto.

1. ANTECEDENTES

“De todos los conflictos que existen en la sociedad contemporánea – afirma William S. Hatcher – ninguno es más destructivo para la vida individual y social como la pugna entre religión y ciencia”. Pues para el individuo, “la religión expresa la necesidad de trascendencia, de tener un propósito dado por Dios y no creado por uno mismo”, mientras que para la sociedad, “la religión representa la necesidad de unidad, amor, armonía y cooperación”. La ciencia, por otro lado, “representa la necesidad de conocer, de comprender, de dominar a nosotros mismos y a nuestro mundo”. El impulso religioso es un deseo de ser abarcado, mientras que la motivación científica es la necesidad de abarcar. (URS 15)

Hatcher sostiene que las dos no son contradictorias sino complementarias, ya que es posible lograr un “dominio relativo sobre parte de nuestro mundo” y a la vez apreciar cada vez más la inmensidad de aquello que se escapa de nuestro control. Sin embargo, hay quienes nunca superan el “sentimiento de omnipotencia y orgullo exagerado del adolescente” que se inicia en la dominación del saber, permaneciendo “ciegos o insensibles ante la enormidad de su ignorancia”. Hatcher concluye que la sociedad moderna se encuentra en la etapa de su adolescencia colectiva, pues refleja el estado de un individuo o una sociedad en la que “prevalece el impulso científico y queda excluida la motivación religiosa”:

“En tales casos, las personas se sienten en absoluto control cuando, en realidad, su control es muy limitado y relativo. Esta es la situación que caracteriza a gran parte de la moderna sociedad tecnológica occidental. El hombre occidental se ha entregado casi por completo a su impulso científico, el deseo de dominar, manipular, controlar y dirigir. Ya que ha perdido la humildad ante su ignorancia, eventualmente ha sobreproducido, sobredirigido y sobrecontrolado. Los resultados de esta inmoderación se ven en todas partes. Ha permitido la contaminación y destrucción del ciclo natural; y comenzamos ahora a descubrir, quizás demasiado tarde, cuánto daño hemos hecho sin darnos cuenta. Ha llevado a la manipulación del público a través de los medios de comunicación masiva. Ha producido aparatos de guerra de un poder destructor inimaginable. (URS 15)
En el otro extremo, Hatcher considera que cuando una sociedad se entrega por completo al impulso religioso, a exclusión del científico, un “sentimiento común de humildad ante lo desconocido” genera un “fuerte sentido de unidad”. Sin embargo, “al abandonar la motivación científica, la realización concreta de este sentido de unidad es muy limitada”. La sociedad permanece en la etapa de su niñez colectiva, dependiente de las fuerzas desconocidas que operan en su entorno:

“...sin los medios de organización, educación, comunicación y transporte que dependen de un cierto dominio sobre el entorno, se dificulta la formación de grandes agrupaciones humanas, así como la comunicación entre grupos separados físicamente. En consecuencia, es difícil para la gente compartir sus ideas, idiomas, historias y otros aspectos. La sociedad permanece organizada en pequeñas aldeas, cada una con su expresión particular de la unidad sentida y su propia historia. Surgen muchos diferentes dialectos y experiencias religiosas. La falta relativa de dominio sobre el entorno obstaculiza la comunicación y el intercambio de experiencias, a tal punto que los diversos pueblos se hallan imposibilitados para superar sus diferencias superficiales y percibir la unidad básica subyacente en sus experiencias disimilares. (URS 16)
Es necesario que la sociedad, como el individuo, aprenda a integrar y equilibrar estos dos impulsos si ha de alcanzar su madurez o edad adulta. El adolescente, en su típica inseguridad, necesita “constantemente demostrar su independencia mediante gestos rebeldes y exagerados”, mientras que el adulto “sabe aceptar una dependencia madura y consciente”. Por ejemplo, el adulto, reconociendo cuánto depende de la sociedad, obedece sus leyes, mientras que la independencia adolescente procura desconocer toda ley. “Ya que son los excesos adolescentes del impulso científico los que caracterizan al mundo moderno – escribe Hatcher – el paso hacia la madurez sólo puede darse mediante el renacer de la religión a un nivel maduro y adulto”. Lo que debe recuperar la humanidad es “una genuina humildad y profundo respeto hacia Dios”, reconociendo que todos nuestros descubrimientos y avances tecnológicos dependen de Él:

“Ciertamente, esta dependencia del adulto ya no es la dependencia absoluta del niño. Se alcanza mediante el logro de un control relativo sobre el adolescente. Es una dependencia consciente, pues el adulto conoce sus limitaciones al igual que sus capacidades. Por eso abandona el sentimiento adolescente de omnipotencia a favor de un dar y recibir más realista. El dar nace de su nivel de habilidad y el recibir de una consciencia inteligente de su grado de necesidad. Sólo un tonto pensaría que, por ser adulto, no tiene carencias genuinas y, por tanto, no necesita recibir; mientras que el adulto inmaduro permanece en un estado infantil de dependencia exagerada y capacidad mutilada”. (URS 16-17)
Hatcher es franco en su reconocimiento de que la inspiración para su análisis de este tema proviene de un principio básico de la Fe Bahá'í que promueve la armonía entre ciencia y religión. Como evidencia de ello, cita libremente de fuentes bahá'ís, incluyendo extractos como los siguientes:

“La religión y la ciencia son como dos alas sobre las cuales puede volar a las alturas la inteligencia humana, con las cuales puede avanzar el alma humana. ¡No es posible volar con una sola ala! Si el hombre tratase de volar únicamente con el ala de la religión, caería rápidamente en el pantano de la superstición, mientras que, por el otro lado, con sólo el ala de la ciencia tampoco podría progresar, sino que caería en el cenagal desesperante del materialismo”.
“Toda religión que contradice la ciencia o se opone a ella, no es más que ignorancia – pues la ignorancia es lo opuesto del conocimiento. Aquella religión que consiste únicamente de ritos y ceremonias del prejuicio no posee la verdad”. “Las religiones de la actualidad han caído en prácticas supersticiosas que desarmonizan tanto con los verdaderos principios de las enseñanzas a las cuales representan, como con los descubrimientos científicos de la época”.
“Cuando la religión, despojada de sus supersticiones, tradiciones y dogmas no inteligentes, demuestra su conformidad con la ciencia, entonces habrá una gran fuerza de unificación y depuración en el mundo que barrerá con toda guerra, desacuerdo, discordia y lucha – entonces la humanidad estará unida bajo el poder del Amor de Dios”.[1] (URS 16-17)
Su propósito es explorar las causas y naturaleza del conflicto entre ciencia y religión, los obstáculos que se interponen para su armonización, posibles avenidas de acercamiento y un caso histórico que sirva de referente.

2. HISTORIA DE UN DIVORCIO

Hatcher sugiere que una consideración importante para poder comprender la dinámica de la controversia entre religión y ciencia, tal y como ha existido en nuestra historia reciente, es que “nueva ciencia entró en conflicto con vieja religión”. Sin desconocer la naturaleza revolucionaria de la ciencia renacentista, afirma que “las principales características de la ciencia contemporánea aparecen recientemente en el siglo diecinueve”, siendo causa de su “profunda transformación”. Aún si se cuenta desde el renacimiento esta revolución científica, esto no resta del hecho de que “la religión con la cual entró en conflicto ya había pasado la plenitud de sus fuerzas, hallándose atrofiada y estéril”:

“Aún poseyendo fuertes prerrogativas políticas y sociales, la religión había asumido hacía mucho la posición de defensora del estatus quo, descreyendo en la posibilidad de una genuina evolución social y progreso en esta vida. No es sorprendente entonces que la ‘religión’ haya estado tan a la defensiva, un adversario tan fácil de desacreditar a la vista de las personas pensantes. Tales personas sencillamente carecían de un modelo de religión como fuerza dinámica, creativa y evolutiva. No hubo nada en su experiencia inmediata, ninguna analogía ni ejemplo, que les permitiese fácilmente percibir a la religión de otra manera que la forma en que optaron por presentarla sus exponentes más volátiles: como una fuerza social reaccionaria”. (SAR 2)
Esta decadencia religiosa surtió también sus efectos en la ciencia, pues en muchos respectos la gente padecía de “atrofia social y moral” y la sociedad empleaba la ciencia para “fines prejuiciados, no científicos e irracionales”. Como resultado, la ciencia se ha convertido en instrumento de “los fines sociales deseados, aunque no necesariamente justificados”:

“Es así como actualmente vemos el espectro de logros científicos utilizados para destruir a naciones, tornar inhabitable la tierra, efectuar asesinatos masivos, desembuchar una cornucopia de aparatos a menudo inútiles, e inclusive apuntalar perspectivas sociopolíticas o filosóficas de la vida que son totalmente dogmáticas y pueriles. Como ejemplo de lo anterior se podría citar el intento por parte de algunos Marxistas actuales de utilizar la ciencia para establecer una religión de “ateísmo científico”, completa con sus dogmas, rituales y demás, o la pseudo–filosofía del Positivismo Lógico, cuyas insuficiencias no han aminorado los esfuerzos por popularizarlo”. (SAR 3)
a. La Raíz del Conflicto

El eje del conflicto entre ciencia y religión – plantea Hatcher – es su asociación con dos maneras cualitativamente diferentes de concebir al ser humano. En el un extremo, se describe al hombre como “un animal sobre–evolucionado, el producto azaroso de un sistema termodinámico material”; y en el otro, como un “ser espiritual creado por Dios, con un propósito espiritual dado por Él”. Siempre han coexistido diversas perspectivas de la naturaleza humana, sin que se produzca por ello tamaño conflicto. En el período premoderno, “la definición materialista era apenas una entre muchas opiniones en competencia, sin ninguna superioridad evidente sobre las demás. Una persona podía simplemente desacreditarla o hacerla caso omiso sin punzadas de remordimiento ni sentirse amenazada”. Sin embargo, en la modernidad la concepción materialista viene “vinculada a unas ciencias naturales prestigiosas y altamente eficientes”, lo cual “impele a la gente a tomar en serio todo pronunciamiento emitido en su nombre”. (SBF 31)

La fuerza de esta definición del ser humano, por tanto, “no se debe a ninguna superioridad filosófica, sino al inmenso prestigio de la ciencia en cuyo nombre se ha planteado la perspectiva materialista”. Este prestigio se debe fundamentalmente a “su evidente productividad y eficiencia tecnológica” la cual a su vez se atribuye, no a una supuesta superioridad de la cultura occidental, sino al método científico, método por el cual se define la ciencia y que “puede practicarse con éxito sin importar la orientación religiosa o cultural” de la persona. Es el método el que le da a la ciencia su unidad, pues “la inmensa diversidad de los dominios que actualmente constituyen los objetos de estudio científico, se resiste a toda caracterización intrínseca en términos de unidad de contenido”. Por otro lado, lo importante de la religión no es un método, sino su objetivo y contenidos: “el propósito de nuestra existencia, la posibilidad de una vida después de la muerte, de la auto–trascendencia, de contactar y vivir en armonía con una consciencia espiritual superior, el significado del sufrimiento, la existencia del bien y del mal”, etc.

“Una vez que nos percatamos de que la base de la ciencia es su método y que la de la religión es su objeto de estudio, el paso esencial hacia la resolución de la controversia religión–ciencia parece obvio y lógico: aplicar el método científico a la religión. Sin embargo, como hemos observado en lo que antecede, existe una opinión generalizada de que esto no es realmente posible. Por tanto, cada bando se queda con su concepción de la naturaleza del ser humano, pensando básicamente que es imposible su reconciliación. Me parece, no obstante, que la convicción de la imposibilidad de aplicar el método científico a la religión se debe a varios conceptos erróneos respecto tanto a la naturaleza del método científico como a la naturaleza de la religión”. (SBF 31-32)
A continuación se exploran algunos de estos conceptos erróneos, que constituyen obstáculos para la armonía de religión y ciencia.

b. La Religión como Obstáculo

Hatcher opina que a inicios del siglo XX, el mayor obstáculo para la unidad de ciencia y religión era probablemente las miras anticuadas y estrechas de ésta última”. Cita a ‘Abdu’l-Bahá, una de las figuras centrales de la Fe Bahá'í, quien en 1911 dijo:

“El resultado de esta disensión es la creencia de muchas personas cultas en que religión y ciencia son términos contradictorios, que la religión no necesita de los poderes de reflexión y no debe de ninguna manera ser regulada por la ciencia, sino que éstas deben necesariamente oponerse la una a la otra. El efecto desafortunado de esto es que la ciencia se ha ido separando de la religión, mientras que ésta se ha convertido meramente en un seguimiento ciego y más o menos apático de los preceptos de ciertos maestros religiosos, quienes insisten en la aceptación de sus dogmas favoritos aun cuando sean contrarios a la ciencia”.[2] (URS 17-18)
Hatcher observa que esta oposición se ha empeorado desde ese entonces, pues el dogmatismo y la disensión religiosos han dado lugar a conflictos religiosos abiertos en lugares como Medio Oriente, la India e Irlanda del Norte. Esto se debe a que “cada una de las ortodoxias religiosas tradicionales ha insistido con cada vez más vehemencia en su afirmación de poseer la verdad absoluta o definitiva, excluyendo la posibilidad de reconciliación con otras ortodoxias”. Incluso el ecumenismo cristiano es restringido, pues su propósito se limita a la “unidad institucional de determinadas denominaciones cristianas”, antes que un “movimiento genuino hacia la reconciliación religiosa universal”. A estas ortodoxias tradicionales se han sumado numerosos movimientos más recientes, cada una de las cuales aduce “poseer el camino único o absoluto hacia la verdad”, sin mencionar un “renacimiento de interés en la astrología, el ocultismo, el satanismo, la brujería y otras formas de experiencia sobrenatural”, resultando en la situación descrita por Toynbee: “el Mundo Occidental es una casa dividida en contra de sí misma en torno al asunto fundamental de las actitudes y creencias religiosas”.[3] (URS 18-19)

Ante la imposibilidad de reconciliar las afirmaciones absolutistas y exclusivistas de cada uno de estos movimientos, denominaciones y ortodoxias, muchos han optado por considerar que “existe algo de verdad en cada uno de estos movimientos y que su falla básica se halla precisamente en su intento arrogante de convertir en absoluta una visión parcial y relativa de la verdad”. Por más que esta posición le pueda ayudar al individuo, Hatcher opina que “no resuelve los problemas sociales que han surgido de la oposición religión–ciencia”, pues haría falta una comunidad de personas que piensen así. En suma:

“El primer obstáculo importante ante la unidad de ciencia y religión es el sentimiento generalizado de que no existe una voz religiosa que reconozca la relatividad de la verdad religiosa y que, a la vez, hable con profunda sabiduría y autoridad sobre las cuestiones espirituales de la vida, que debe plantearse tarde o temprano toda persona. Existe una confusión generalizada en el dominio de la religión, confusión que ha sido agravada, antes que aliviada, por la multiplicación de aserciones de poseer la autoridad absoluta y la verdad absoluta, que actualmente se escuchan desde toda dirección”. (URS 19)
c. La Ciencia como Obstáculo

Otro de los principales obstáculos ante la unidad de ciencia y religión es el hecho de que “el complejo científico y tecnológico, divorciado de toda influencia moral y ética, se ha convertido en la fuerza dominante de la sociedad”. Esto resulta a menudo en desesperanza, pues muchos consideran que “la ciencia ha denunciado a la religión como farsa”, reconociendo a la vez que “la ciencia y tecnología no han producido una profunda felicidad”. Más bien, uno de los aspectos más notorios de la actualidad es una desdicha generalizada a una escala sin parangón en la historia.

“Pese a esta insatisfacción con la estéril existencia tecnológica moderna, muchos aún sienten que no pueden volver con integridad hacia la religión, pues creen que la ciencia ha comprobado la inexistencia de Dios y que la experiencia religiosa es un engaño. Ya que la experiencia religiosa es mucho más intensamente subjetiva que la tecnología, la gente llega a desconfiar de sus propias emociones más profundas y de sus añoranzas religiosas y espirituales más elevadas. De este modo, una fe mal orientada en la tecnología, conlleva una especie de auto–alienación: la gente es llevada a negar la validez de sus propias necesidades más fundamentales y deseos más profundos. Estas añoranzas son relegadas al dominio de las emociones infantiles e inmaduras (acaso a ser ‘curadas’ por el psicoanálisis)”. (URS 19)
Hatcher compara este conflicto entre ciencia y religión con la pugna entre diversas ortodoxias religiosas, cada una de las cuales aduce superioridad sobre las demás. Reconoce que a dichas ortodoxias les disgustaría la analogía por que se han visto “obligadas a admitir el valor de la ciencia luego de una resistencia inicial” y les resulta doloroso pensar que algún día puedan sentirse forzadas, de modo similar, a “reconocer el valor de otra religión que, en un principio, juzgaron mal”. Asimismo, los científicos resisten la analogía, pues ella “compara a la ciencia con el dogma de una ortodoxia religiosa, lo cual les resulta ofensivo”. No obstante, Hatcher admite no ser el primero en observar que “los científicos asumen cada vez más las funciones y los roles desempeñados por los sacerdotes en sociedades anteriores. Son los iniciados, quienes explican los grandes misterios a las masas profanas”. Les recuerda a los científicos “lo fácil que resulta adornar un logro científico serio con abundantes disimulaciones y juegos de palabras” y concluye que “si estos no son ritos diseñados para ejercer fascinación sobre las masas (además de su decano o la fundación científica nacional) llegan incómodamente cerca a serlo”. (SAR 1-2)



 

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